«Cuando me visitaron, a mí se me iluminó el camino: yo me proyecté»

◉ Proyecto Esperanza Sin Fronteras financiado por la Oficina de Población, Refugiados y Migración (PRM) del Departamento de Estado de los Estados Unidos e implementado a nivel nacional por la organización humanitaria World Vision

EL VENEZOLANO COLOMBIA | WORLD VISIÓN COLOMBIA

Dorelcis tiene 33 años, es madre cabeza de hogar de dos hijos y lleva cuatro años en Barrancabermeja, Santander, ciudad ubicada a orillas del Río Magdalena: una de las fuentes fluviales más grandes de Colombia, y que atraviesa 13 de los 32 departamentos del país.

Llegó a Cúcuta, ciudad fronteriza, cuando la coyuntura de la crisis migratoria venezolana se encontraba en su punto más álgido. A la fecha, se registra que más de 6 millones de venezolanos refugiados, migraron a distintos países de América Latina y el Caribe. Solo en Colombia, se encuentran más de 2 millones de migrantes.

Para el caso de Dorelcis, la búsqueda de un tratamiento médico para su enfermedad, toxoplasmosis ocular (una lesión retinal por toxoplasma) y medicinas para su hijo con síndrome de Lennox Gastaut y autismo, la obligó a migrar para poder sobrevivir.

“Necesitaba un tratamiento de choque para evitar que siguiera progresando mi toxoplasma. Debo realizarlo cada seis meses con antibióticos y corticoides. Es por eso que yo emigro para mejorar mi salud y poder luchar por la salud de él (su hijo). Primero debo estar yo bien, para poder ayudarlo a él”.

Llegó a la casa de una amiga que la recibió por dos meses en Barrancabermeja. Trabajó en un bar, pero el horario y su situación de salud, no le permitieron continuar, pues no quería dejar a sus hijos solos mientras trabajaba. A partir de esta situación, Dorelcis forma su negocio de ‘Dide’s Cakes’.

“Me puse a hacer tortas. Pedí prestado un horno y una olla y con 11 mil pesos (poco más de 2 dólares) me puse a invertir. Salí a vender mis tortas en la mañana y al final del día, en la noche, había hecho 90 mil pesos (21 dólares). Ese fue mi primer empuje, y yo dije, por aquí es, por aquí es que va a ir bien”.

A pesar de que al principio pudo mantener su negocio, la pandemia por COVID-19 y otros factores, hicieron que las compras cayeran dejándola con deudas y necesidades apremiantes.

“En ese año, yo pude traer a mi hijo de Venezuela y justo estaba enfermo. Las ventas bajaron y era diciembre (2022). No tenía para una Navidad para mis hijos. Estaba hasta endeudada con el pago del arriendo y los servicios. No sabía como pagar el otro año el estudio a mi hija menor. Fue en ese momento, que llegó Esperanza Sin Fronteras”.

Este proyecto, financiado por la Oficina de Población, Refugiados y Migración (PRM) del Departamento de Estado de los Estados Unidos e implementado a nivel nacional por la organización humanitaria World Vision, busca mejorar la protección de la niñez y las condiciones de alojamiento de los migrantes venezolanos vulnerables y, en particular, a los niños y niñas en situación de riesgo.

En su segundo año, también apoya a aquellas familias o líderes de hogar que han iniciado procesos de integración socioeconómica a través de la puesta en marcha de sus ideas de negocio y/o emprendimientos y que lo han complementado con formación en micro finanzas dirigidos por actores locales en sus territorios.

“Conocí a World Vision y el proyecto por medio de otras mujeres, y di mis datos para ver si me iban a contactar. Yo no me lo esperaba. Cuando me visitaron, a mí se me iluminó el camino, porque yo me proyecté, me dije: ‘si esto se me da en enero, yo avanzo, no me quedo estancada’. Y sí, eso fue en enero y fue el mejor mes para que me llegara su ayuda”.

Con la primera transferencia, Dorelcis pudo pagar sus deudas, matricular a su hija en el colegio y comprar los medicamentos para ella y su hijo. “Muchos pueden decir que no es mucho el aporte, pero para mí es bastante. Porque cuando uno no tiene nada uno se sacrifica y lo multiplica. Con constancia uno lo logra”.

Esperanza Sin Fronteras, no solo brinda este aporte monetario, sino que las familias siguen un proceso de acompañamiento con capacitaciones en talleres de vivienda digna y segura, crianza con ternura, orientación legal y finalmente, módulos de micro-finanzas (ahorro, presupuesto y sistema financiero colombiano).

Motivada y con este capital semilla, Dorelcis también potenció su negocio de fritos y no solo eso, sino que se convirtió en una fuente de empleo para otras personas. “Yo pensé en montar una venta de fritos e hice un análisis de costos, de presupuesto de la venta de tortas que tenía y me di cuenta que no era de todos los días. Esto me iba a dar la oportunidad también de darle trabajo a alguien a la vez que yo podía cuidar de mis hijos en casa y llevar a mi hija menor al colegio. Yo produzco, realizo los productos en mi casa y contraté a una persona que me ayude a vender, una colombiana, que ahora puede llevar el sustento a su familia. En un día, puedo vender 100 fritos con sabor venezolano. Mi fuerte está en la cocina, y aquí me quedo”.

Hoy en día, el hogar de Dorelis ha cambiado tanto estructuralcomo emocionalmente. “De corazón gracias, no solamente por mí, sino por mis hijos, porque esta ayuda dignifica. Es una bendición; nosotros no podemos ser conformistas y tenemos que pensar en avanzar, y el proyecto, es ese granito de arena nos dice que por algo se comienza. El inicio de algo grande. Todos los días mis hijos tienen sus tres comidas y su estudio, además de su salud”.

El sueño de Dorelcis continúa, y busca tener su local bien constituido, regido por la ley colombiana, tanto para sus fritos como para sus tortas. En un futuro no muy lejano, busca ampliar sus conocimientos estudiando gastronomía, porque quiere continuar integrando sus dos pasiones: la comida y las ganas de salir adelante.

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