AD, una crónica no contada por Héctor Alonso López

El autor fue líder de la juventud de Acción Democrática, 5 veces consecutivas electo diputado del Congreso de Venezuela por el Estado Mérida, Ex Secretario General de AD en Mérida, construyó la fuerza electoral Movimiento Venezuela 2000, que llevó a Carlos Andrés Pérez a la Presidencia (1989)

El 13 de septiembre de 2021 el primer partido político democrático, popular y policlasísta alcanza sus primeros 80 años, hecho inédito de la historia política contemporánea de Venezuela.

La historia no se estanca, es una continuidad de hechos y sucesos en tiempo y espacio. Todo lo bueno y lo malo ocurrido en la Venezuela a lo largo de estos 80 años que abarcan dos siglos, ha tenido que ver con AD.

La Venezuela contemporánea ha sido testigo y protagonista de la más abundante literatura producida y difundida.  Su fuerza histórica, su influencia ha sido determinante palanca de lo que han sido estos 80 años gracias a los fascinantes antecedentes que le dieron origen, para luego ser parte determinante del destino de la nación…

Hay quienes piensan que después de 1958 los primeros 20 años fueron un verdadero milagro de estabilidad, desarrollo y crecimiento social, todo gracias al pacto social asumido por las fuerzas de la sociedad, especialmente los partidos políticos, como también los trabajadores, empresarios y la Fuerza Armada Nacional. Después de 150 años de vida republicana, habíamos llegado a tener el periodo más largo y estable que de ella conocemos.

En 1965, a mis 17 años de edad encontré mi identificación con el partido del pueblo. Recién saliendo de la adolescencia viví la experiencia emocionada de aprender a vender -casa por casa- el Semanario AD, órgano informativo del partido en todo el país. Aprender la responsabilidad al salir a las calles a recoger finanzas para el funcionamiento del partido portando una alcancía numerada y codificada; acompañar a mi hermano mayor para presenciar sus actuaciones con la que recorría los barrios personificando a Juan Bimba, vistiendo su liquilique blanco, su bollo de pan bajo el brazo, calzado con alpargatas y coronado con un sombrero de cogollo; encontrar a mis amigos jugando ping-pong en la casa del partido; vivir mis primeros cursos de oratoria, con los que comenzó la magia vivida; el amanecer de lo que podía ser AD. Fue un comienzo tan intenso, como apasionante, cuyo corolario para mi principiante liderazgo fue ser postulado por mis compañeros de AD a la presidencia del Centro de Estudiantes de la secundaria donde nos formábamos como maestros normalistas.

Fuimos beneficiarios de una sociedad construida por nuestros padres. Todo se lo debemos a esos hombres y mujeres que corriendo riesgos, expuestos por privaciones y poniendo en juego su vida, alcanzaron sueños de sus vidas y llegar a luchar con más denuedo que los que veníamos atrás lo pudiéramos disfrutar y mucho mejor. Nos convirtieron en privilegiados por la calidad de vida que todos los días sin importar el color, nos hacía sentir optimistas del porvenir. No hay nada en mis compañeros de generación que podamos decir que no sea reconocer que nuestros tiempos fueron tiempos mejores.

CINCO VECES CONSECUTIVAS

No hubo distinción más honorable que AD me brindara la oportunidad de postularme cinco veces consecutivas en sus planchas como Diputado Congreso de la República de Venezuela. El privilegio era estar en manos de la voluntad libérrima de los ciudadanos para poder alcanzar semejante honor. Siempre para alcanzar ese logro tuve la suerte y el privilegio de los mejores ejemplos ciudadanos, como también el ejército de amigos que lo hicieron posible.

El 26 de abril de 1985 en acto político que organizaron mis amigos y compañeros en Mérida, recibí una carta enviada que desde París que decía:

Querido Héctor Alonso, tus amigos y compañeros en Mérida y el pueblo de tu merideño lar nativo han querido celebrar tus 21 años de vida política para hacerte legitimo reconocimiento de méritos acumulados a lo largo de este, tu primer y largo de recio batallar en las filas del partido de Pinto Salinas y Alberto Carnaval, ofrenda límpida y de entrega heroica de la Mérida democrática de la patria humillada por el bestial absolutismo del tirano. Allí abrevaste en ese ejemplo, paradigmas y coraje y patriotismo, lecciones de dignidad y devoción para servir a tu pueblo bajo las heroicas banderas blancas de Acción Democrática.

Al reconocimiento que hoy se te hace seguro estoy, la vasta militancia partidista de toda Venezuela que te ha visto caminar por pueblos y aldeas llevando el mensaje fresco y optimista de las nuevas generaciones acciondemocratistas de las cuales eres una figura relevante sin arredrarte por los sacrificios y sinsabores de la actividad política, que es para servir a la nación y no para servirte de ella. Como un pragmatismo corrupto y corruptor que amenaza con peligrosa fuerza penetrar la propia partidista mientras hace estragos notorios en la vida nacional y pone en peligro inminente la fe popular en los políticos y en los partidos, bases irremplazables de la democracia.

Su amigo y compañero Carlos Andrés Pérez.

Ese mismo año se produjo como contrasentido en la vida democrática del país y particularmente, de Acción Democrática  la designación de la mayor parte de los secretarios generales regionales de Acción Democrática como gobernadores de estado. Una hegemonía de poder inaceptable para los demócratas verdaderos. Era como fusionar partido y gobierno en una voluntad absoluta. Práctica política absolutamente deleznable. De inmediato el evento electoral del partido sirvió para probar el absolutismo de un partido fundamental en la construcción de la historia democrática del país. Evento que nos atrevimos enfrentar confiando en una rendija de luz democrática. Así lo hicimos. Logramos la victoria en Mérida y después fuimos a la Convención Nacional donde el bochorno llegó a extremos, al ver convertirse a la Secretaria Privada del Presidente de la República, quién, desde el propio palacio de Miraflores, daba las instrucciones a gobernadores o jefes regionales del partido de cómo sus delegaciones debían emitir sus votos y controlar el partido en función a los intereses del gobierno. Luchamos contra la corriente y, al final, se rompió el tubo porla fortuna de contar y tener presentes los afectos sembrados durante tantos años de luchas.

Con contradicciones y asomo de difíciles turbulencias a lo interno de mi partido, cumplimos la responsabilidad de dirigir AD en mi región. Coincidieron esos tiempos con los cincuenta años de Acción Democrática. Nos esmeramos todos en Mérida por cumplir la palabra empeñada. Fundamos la Universidad Popular Alberto Carnevali (UPAC) y producto de ella se logró publicar la recopilación de la Historia Contemporánea Venezuela  desde 1929 hasta 1991 y todos los documentos de la Historia de Acción Democrática y la democracia venezolana desde 1945 hasta 1990. Esos documentos eran las bases teóricas e históricas de la fortaleza e identidad ideológica de AD, que con rigor académico e intelectual, permitió una ofrenda al partido en su medio siglo de trascendental historia de Venezuela.

Sentíamos la urgencia de actualizar los marcos teóricos, ideológicos, programáticos y organizativos de nuestro pensamiento y acción política. Estimulamos el debate. Deseamos fortalecer nuestro sentido de pertenencia estimulando especialmente en los más jóvenes a sentir la necesidad de conocer y aprender sus orígenes, para que comenzaran a dibujar el país que estaban soñando. De acuerdo con el historiador, académico, investigador y escritor Ramón Rivas Aguilar, las últimas revisiones de las tesis políticas y programáticas de Acción Democrática se hicieron en 1956 y 1964.

FUE REVERTIDO

Este recorrido por elevar la discusión teórico-práctica de los militantes de AD fue revertido por los afanes de las luchas internas y el empecinamiento de la cúpula partidista, que optó por cerrar la Universidad, regando el cuento de que allí se estarían formando los liderazgos de los futuros neoliberales.

La segunda candidatura de Carlos Andrés Pérez se logró desde la calle. Ante la pretensión que la maquinaria partidista de que sólo ella participaría en la elección del candidato presidencial. Todos los segmentos de la sociedad venezolana fueron movilizados a presionar para que el colegio electoral fuera una expresión cabal de todos los segmentos de la sociedad y se ampliara al mayor número de representantes.

Finalmente el colegio electoral de AD se ampliaría en tal volumen de militantes y sectores independientes que nadie tendría dudas del resultado final expresado voluntaria y democráticamente.

Esta elección de CAP abrió las compuertas de una nueva generación. Al calor de esa candidatura se organizó un poderoso e innovador de Movimiento de Movimientos con centenares de miles de jóvenes organizados según su modo de vida. Con una organización lineal muy participativa y competitiva dentro de los múltiples sectores que lo integraban. Venezuela 2000 fue sin duda una verdadera revolución al lograr incorporar y poner a participar  a los jóvenes venezolanos desde su condición de ciudadanos. En virtud de su éxito, la UCAB, autorizó a un grupo de sus jóvenes estudiantes de comunicación social a realizar su tesis de grado sobre Venezuela 2000 como un nuevo modo de hacer política en Venezuela. En ese riguroso y académico trabajo se determinó que el 70 por ciento de los votos emitidos a favor de CAP fueron por intermedio de  Venezuela 2000.

Esa segunda presidencia -y primera en la historia nacional al elegir a un mismo ciudadano dos veces por la voluntad popular- fue recibida con un convulsionado escenario social y una quebrantada salud del sistema político (repetidamente advertida): las arcas del Estado se encontraban en su nivel más precario; el desabastecimiento, consecuencia de un inescrupuloso e ineficaz control de precios y de cambio, hacía escasear hasta el pan; se estaba comenzando a vivir con mucha fuerza las consecuencias de situaciones que se fueron generando en la década de 1980, particularmente con el descenso del salario real. Después del 23 de Enero de 1989, el conflicto interno en la Policía Metropolitana, fomentado por el Grupo ZETA, la hizo, no solo insuficiente, sino inclusive cómplice de lo vivido un mes después; el desbordamiento que atacó comercios y abastos, dejó indemnes oficinas públicas y sedes de partidos políticos. Sacar al Ejército a la calle no era la mejor opción, sino la única. Ese lunes 27 de febrero estaba convocada una reunión ordinaria del CEN. Llegó la noticia de los disturbios. La sorpresa fue general…así como la estampida. 

CONSTRUCCIÓN APEGADA

La memoria histórica nos obliga a su construcción apegada, con escrupulosa fidelidad, a la verdad.  Los que mienten no merecen respeto.

Acción Democrática convoca a un proceso electoral interno durante el año 1990 para renovar sus autoridades. Dos corrientes de opinión enfrentábamos nuestras contradicciones y la opinión pública bautizó a unos llamándolos ortodoxos y a otros nos llamaban renovadores. Mediante una puntual reforma estatutaria previa al proceso, se establece que la elección será de 5to grado. Los delegados serán electos por la base en un 60%, y el 40% restante correspondería a delegados natos. En ese proceso electoral, a pesar de las adversidades, decidimos participar con la convicción y deseos de renovar a AD, modernizarla, democratizarla para poner a un lado el caudillismo como modo de imponer las decisiones. En un discurso pronunciado en julio de 1990 dibujamos el partido que soñábamos y concluimos con la advertencia “O CAMBIAMOS O NOS CAMBIAN”. A esas elecciones concurrimos a votar alrededor de 789.000 militantes. Ante el resultado ofrecido por la autoridad electoral del partido, concluido la Convención Nacional realizada en el Parque de Naciones Unidas en 1991, el resultado fue un trago amargo para los que éramos identificados como renovadores. No sé cuántos consejos y opiniones tuve que escuchar para, a consecuencia de lo ocurrido, asumir la responsabilidad que me obligaba la sensatez.

Recordé en uno de esos momentos la anécdota de la señora Isabel de Malavé, viuda de Augusto Malevé Villalba, quien desde la creación de la llamada Romería Blanca, fue la Presidenta del Comité Organizador de ese evento icónico del partido del pueblo. Ya con anterioridad ella me confesó que tenía sospechas de lo que habría de pasar luego: “…el Comité Ejecutivo Nacional de AD me ordenó mediante resolución suspender la realización de la Romería Blanca del mes de septiembre de 1990. La explicación era que esa ventaja no se podía dar, porque estaban conscientes que los renovadores eran los populares.” Doña Isabel de Malavé  me aconsejó, que ante la eventual decisión que yo fuera a tomar luego de la Convención, no dejar fuera de la balanza que yo tenía 42 años y mi contendor me llevaba 30. Esa madrugada de 1991 después de pensar, escuchar, y haciendo reflexiones sinceras conmigo mismo, consciente de lo severa que era la crisis que vivían los partidos y el sistema político del país, no pasó por mi mente dividir a AD,  ni renunciar a ella porque nadie me lo hubiera creído. Ya los partidos se estaban debilitando tanto, que ni fuerzas había para dividirlos. Mi experiencia y percepción me indicaban que los partidos podían entrar en un proceso de disolución progresivo. Estábamos pasando de la etapa de los partidos grandes a los partidos pequeños. 

Me incorpore al CEN como Secretario Político Nacional, donde sólo podía llegar en virtud de la modificación estatutaria, aprobada previa a esas elecciones, que establecía que quienes compitieran por el cargo de Secretario General Nacional requerirán más del 40% de los delegados para ser reconocido automáticamente como miembro del Comité Ejecutivo.

El año 1992 el golpismo se hizo presente. Dos asonadas militares fueron frustradas. El 4 de febrero de 1992 fuimos advertidos en horas de la noche de lo que estaba ocurriendo. Un frustrado magnicidio alertó y obligaba a percatarnos que era la democracia quien estaba corriendo riesgos. Los golpistas fueron derrotados, pero no anulados. Con convicciones y sin vacilación seguimos en la lucha, sin dar tregua. El jefe de la cúpula del partido me ordenó fuese a pelear después del golpe del 4 de febrero y conquistar la gobernación de Mérida. Estando por esos hermosos y queridos caminos de mi tierra, nos sorprendió un nuevo y frustrado golpe militar el 27 de noviembre del mismo año. La única compensación ante la derrota fue saber que en nuestro intento nos habían vencido los votos del pueblo. La democracia seguía resistiendo.

A las 6 de la tarde del 20 de mayo de 1993 fuimos convocados a una reunión extraordinaria del CEN. La intención de aquella convocatoria era definir la posición del partido ante la eventual decisión del máximo tribunal en cuanto a hallar méritos o no para el enjuiciamiento del Presidente de la República; fallo que no se había hecho público, pero que era consecuencia de interesadas manipulaciones, de las que estaba en conocimiento, así como de todo el expediente, el jefe de la cúpula de AD, lo que me había confesado personalmente el Dr. Gonzalo Rodríguez Corro en una conversación que sostuvimos días antes en la casa de un amigo común, y además compadre de él. El Secretario General estableció que ante un fallo en contra, la expulsión de Carlos Andrés Pérez era lo procedente. Entrados en el debate, sólo siete miembros de ese CEN nos opusimos a la expulsión: Aura María Loreto, Luís Piñerúa Ordaz, Luis Emilio Rondón, Antonio Ledezma, Gustavo Mirabal Bustillos, Johan Perozo y yo; los demás guardaron silencio. Acto seguido, se instruyó a la jefatura de la fracción parlamentaria que debería dictar línea a los Senadores del partido para que autorizaran el inicio del juicio a CAP. Escuetamente y sin ninguna profundidad, el jefe de la cúpula partidista justificaba la grave decisión tomada por una mayoría de magistrados de la CSJ en que, según sus palabras, se convertía en obligante acatamiento al Estado de Derecho o su desconocimiento. En el fondo, su propuesta era demostrar fuerza en el control de la organización y sacar del juego político al líder más importante y de mayor influencia en la historia de AD, después de Rómulo Betancourt.

OPINÓN DEL JEFE DE LA CÚPULA

En esa discusión fue un monólogo o, en algunos casos, un torneo de fuertes discusiones interpersonales entre los pocos que nos atrevimos a contradecir la opinión del jefe de la cúpula. Sólo quienes nos oponíamos a la expulsión de CAP parecíamos dispuestos a dar una pelea que no tendría mucho éxito, porque el propio ambiente de la reunión delataba la conclusión. Muchas preguntas me hice en medio del debate. Un juicio partidista sin derecho a la defensa. Un hombre encarcelado. ¿Acaso se podía pensar que no tendría consecuencias el expulsar del partido la figura de quien había sido dos veces Presidente de Venezuela llevando sus banderas? Miraba a los lados a mis compañeros de CEN, que hasta hace poco se rasgaban las vestiduras por CAP, convertidos en pusilánimes detestables y contradictorios en su propia historia personal y política. Ese día pude comprobar cuán probable es la cobardía cuando el poder se derrumba.

Acordado lo propuesto por el jefe de la cúpula, decidieron convocar a una autoridad superior de la jerarquía partidista: el Comité Directivo Nacional. Allí solo hubo preguntas sin respuestas. Seguramente algunos se pasearían por la idea de cómo mandataria a quitar las fotos y afiches de CAP colgados en las paredes del partido, mientras otros nos preguntábamos cómo harían para arrancar de las páginas de la historia de AD lo dicho y hecho por Carlos Andrés Pérez.  El 23 de Mayo de 1993 CAP se defendió desde la cárcel con una carta enviada y leída en el CDN, escrita en su vigilia desde el retén de El Junquito. Nadie respondió ni por asomo con algún documento profundo que considerara como ciertas o al menos que permitiera dudas al juicio que se iniciaría. Ya era un condenado según el criterio de esa mayoría.

Solo importaba lincharlo. Y no faltaron los votos para imponer la fuerza de la maquinaria partidista. El setenta por ciento acató las órdenes de la cúpula.

El dictamen de la CSJ y la infausta posición del partido suceden a consecuencia de la continua y contundente campaña mediática con profusa y disímil participación, según la cual había que sembrar en la población la convicción de que el Presidente era un corrupto y que había llegado la hora de establecer un precedente en Venezuela. La aplicación de la Ley con tan evidentes razones políticas tuvo como consecuencia minar severamente el sentido de justicia y socavar las bases del Estado de Derecho. Venida una sentencia preconcebida, dictada al socaire del instinto de las multitudes, llevó a la cobardía de los verdugos a transferir la trabajada opinión pública, siempre tornadiza y cambiante, en elemento inspirador de esas decisiones, las cuales, una vez que gozan de la autoridad de la cosas juzgada, fueron irreversibles.   

La Corte Suprema de Justicia requería la autorización del Senado de la República para iniciar el juicio. Acción Democrática, que tenía la mayoría, procedió a dar la autorización. De los 28 senadores, sólo 4 se opusieron enérgicamente: Leopoldo Sucre Figarela, Luis Vera Gómez, Ildemaro Villasmil y José Luis Rincón. Estoy convencido que ese día no solo se inició el linchamiento de CAP, traicionado por los propios, sino que el tiempo ha demostrado que ese día regalaron a Venezuela. Sin los votos de AD no habría sido posible el juicio injusto y se hubiera dado al traste con todo un proceso de confabulación insólita, en el que diferentes ópticas e intereses se estimulaban entre sí.  Esa decisión del Senado, con inusual celeridad, sin informe de comisión alguna, sin oír alegatos ni argumentos, cohonestó delitos de incompatibilidad recíproca, como la malversación y el peculado, para que luego apareciera la extravagancia del peculado espiritual.

Carlos Andrés Pérez en 1993 dijo: “Si no abrigara tanta convicción en la trasparencia de mi conducta que jamás manchara mi historia, y en la seguridad del veredicto final de la justicia, no tengo inconveniente en confesar que hubiera preferido otra muerte.

También en 1993 dijo: “Ojala que quienes han provocado esta tragedia no tengan razones para arrepentirse.

Al salir de la cárcel nos reencontramos sus amigos. 

Al salir de la prisión quería ponerse en contacto con muchos de esos ciudadanos que jamás lo abandonaron. De miles y miles de venezolanos y extranjeros que los domingos lo visitaban masivamente en su celda. Quería verlos y hablarles. Eso nos llevó a tomar la decisión de postularlo a Senador por el estado Táchira. Allí el pueblo se volcó multitudinariamente solidario, a pesar de que Acción Democrática no lo respaldó oficialmente. Ese recibimiento en las calles de San Cristóbal y el resultado electoral, que por muy poco no resultó en obtener los dos senadores, nos daban ánimo de seguir luchando por la democracia para hacerla saludable. Esa convicción tuvo su epítome el 2 de Febrero de 1999, cuando el golpista tomaba posesión, luego que la democracia se mostrara ineficaz en protegerse a sí misma, mientras compartía el espacio del hemiciclo del Senado con aquel que, confiando en los principios que había ayudado a construir, fue condenado por la inquina y absuelto por el pueblo. Dos caras de un parteaguas en la historia política del país, en la que Carlos Andrés Pérez dio otra inmensa lección de vocación democrática.

En el 2002, los acontecimientos de esos tiempos me hacían presagiar males mayores para el país y tomé la decisión de escribir esta carta que me gustaría leyeran completa por medio de este enlace: Reunificación de la familia.

Hemos perdido la oportunidad de celebrar un histórico cumpleaños para tener que vivir muriendo. Una insólita paradoja que colocada en nuestras conciencias por lo que ha ocurrido en Venezuela, pareciera imposible pensar que una historia de 80 años, tan llena de heroísmo, inteligencia, sabiduría, trascendencia y grandeza, pudiera correr el riesgo de sucumbir y dar paso a la oprobiosa catástrofe humana  que jamás nos hubiéramos imaginado.

Desde hace 25 años he estado hablando en silencio, desde que la cúpula del partido me excluyó de la militancia, pero no de su corazón; cumplía mis 46 años. Todos mis compañeros saben de la injusticia que se cometió. ¡Qué ignominia el escoger el camino del garrote vil y disfrazarlo de justicia partidista para quitar del camino a quienes éramos verdaderos amigos de Carlos Andrés Pérez! Si algo sabían de mí, era lo que me representaba el valor de la lealtad.

MIS AMIGOS DE MIAMI ME DIERON ALBERGUE

Hasta mi último adiós en Miami, el 27 de diciembre 2010,  conmovido y compungido por su despedida; allí, junto a amigos comunes, rendimos el homenaje con la autenticidad que seguramente él esperaba. Parecía un imposible conseguir el 25 de diciembre un cupo de avión comercial. Gracias a mis hijos lo pude hacer. Mis amigos en Miami me dieron albergue y transportaban a la capilla funeraria que siendo cuatro salas fue convertida en una sola para recibir a tantos venezolanos exiliados y espantados de su tierra. En Miami, la cúpula del partido pretendió, seguramente tratando de guardar las formas, hacerse presente con uno de sus impresentables.

Al llegar el 5 de octubre de 2011 el cadáver de CAP a Caracas, no tuvieron recato. Lo llevaron a la casa de Acción Democrática y para asombro una gigantografía con la cara de CAP ocupaba el mayor espacio de la sede. Pero más cínicos no podían haber sido al bautizar la casa de AD con el nombre del hombre que habían expulsado del partido, defenestrado de la Presidencia de la República y habían permitido una condena injusta que lo había puesto tras las rejas en el retén del Junquito.  No guardaron nada. Pretendían justificar todas estas calculadas jugadas y ultraje a la dignidad de CAP al pretender que el fundador del partido había decidido pasar, después de muerto a ser, “fundador recensando”, que es como decir a trabajador reenganchado. 

Cuando salimos de la Iglesia de la Chiquinquirá acompañado el féretro por una importante cantidad de ciudadanos, caminábamos por  la avenida Libertador curiosamente frente a las Torres Las Delicias, abruptamente, el jefe de la cúpula partidista alzando sus brazos ordenaba que el féretro dejara de ser llevado en hombros de los simpatizantes y se introdujera a una carroza funeraria dejando a los que lo acompañábamos  al garete y así él trasladar el cadáver a un acto político en el boulevard del Cafetal.

Nunca me hubiera imaginado tener que vivir lo que he vivido. Nada por amargo que sea dejaría  a un costado lo que aprendí en parte de esos gloriosos años históricos de AD. Qué lástima que quienes tanto se equivocaron, nunca tuvieron el coraje y la franqueza de confesar que se habían equivocado. No tuvieron propósito de enmienda.

El gran partido del pueblo aun a sus 80 años sigue siendo el más grande sentimiento sembrado en la política de nuestro país, hoy, desparramado por Venezuela y los que viven aventados de su propio país. Mis experiencias de estos años han sido exigentes.  Nunca desconectado de mis amigos, pero sí sorprendido, que al reencontrarme  junto a otros amigos  encontré el común denominador que seguían siendo amigos pero cada quien pertenecían a partidos políticos distintos pero todos habían tenido el mismo origen.

No he sido ni seré parte de las razones para una muerte histórica de Acción Democrática.

80 años después, la única posibilidad de salvar históricamente a AD es devolviéndole al pueblo la soberanía de elegir y legitimar su liderazgo. Continuar la historia que aún está por hacerse y sacarla del mundo contradictorio que se encuentra entre la agonía y la esperanza. No la sigan manoseando y  ultrajando. Hay que buscar nuevos caminos. Sin la juventud  no tendrá razón de existir.  Ya basta el sacrificio de otras generaciones. He repetido muchas veces que soy un hombre con más pasado que futuro, pero también he reconocido la deuda de honor que mantengo con las generaciones que ayudé a formar; por eso, estoy convencido que es deber de quienes valoramos el peso y responsabilidad histórica de la más longeva organización política en la historia de Venezuela, el enrolarnos en la justa y merecida causa de ayudar a repensar, no sólo en la refundación de una organización política, sino –y muy fundamentalmente– en su función como piedra angular en la construcción de un mañana promisorio, como ya se hizo antes, pero que ahora habrá de responder a nuevas realidades y necesidades de una sociedad tremendamente distinta en las que esas generaciones que saltó la historia, se reivindiquen en el ejercicio de la dirección política del país. No es momento de pensar en reeditar el pasado, es momento de crear el futuro con base en el conocimiento cierto de todo lo malo y lo bueno que hicimos y que contribuimos a hacer.

Ahora conmemoramos los 80 años de Acción Democrática y el 2022, los 100 años del nacimiento de Carlos Andrés Pérez. Estoy seguro que es el momento propicio para que, motivados por su impronta, en honor a su trayectoria y huella histórica, aprovechemos para que en el ejercicio de recopilar su vida y obra, Venezuela halle inspiración estimulada en una de las figuras más importantes de la historia política contemporánea de Venezuela.

Héctor Alonso López
Caracas, 12 de Septiembre de 2021

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