Venezuela espera que el agua salga del grifo | Por: Juliana Gil Gutiérrez

➥ La autora es investigadora adscrita al proyecto: “Esto no es una frontera, esto es un río” del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario en colaboración con Diálogo Ciudadano y con el apoyo de la Fundación Konrad Adenauer

Veinte horas desconectados, apagones diarios y un suministro eléctrico y de acueducto interrumpido son el suplicio de los venezolanos que viven esperando que los servicios funcionen.

A la casa de la familia de Salma Hamade en el estado Trujillo no llega agua potable desde hace más de tres meses. Tal vez la última ocasión que un líquido entre amarilloso y transparente salió de la llave de su hogar fue en la semana del 24 de diciembre de 2020, como si fuera un regalo de Navidad.

Cuando sale agua de la llave hay que correr: llenar baldes, tanques caseros y pipas de 200 litros, hacer aseo y recoger el líquido en los recipientes de la cocina. El tiempo se detiene cuando el fluido sale del grifo y las horas en las que el abastecimiento funciona son un tiempo valioso para dotarse ante la incertidumbre de no saber hasta cuándo fluirá y, menos, cuándo regresará.

Venezuela vive con servicios públicos precarios. Hay ciudades que no tienen agua ni electricidad durante las 24 horas del día, menos internet y señal de cable, y el relato es tan frecuente que se volvió un paisaje para el mundo. Y para los venezolanos, un obstáculo que los forzó a cambiar sus rutinas.

Entre el aseo, lavar los platos y limpiar el inodoro, en la casa de Salma se reutiliza el agua: los corotos se enjuagan en un balde, ese mismo líquido sirve para otras tareas del hogar y el que sobra se reusa para en los baños. El agua de la lavadora se recoge y, cuando se acaba, hay que salir a comprar un tanque.

No hay cifras del Estado que den cuenta del problema, pero la academia logró detallar la situación social: de los 1,8 millones de hogares, una cuarta parte no tiene acueducto. Entre los que están conectados a la red, el 70 % presenta interrupciones diarias, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Hogares (Encovi).

Desde 2014, Encovi detalla las estadísticas del país. Los datos más recientes son del informe levantado en 2019 y en 2020 se prevé una profundización de la emergencia humanitaria compleja que vive Venezuela.

No fue solo un apagón

En marzo de 2019 se registró el último apagón nacional de Venezuela del que se tiene registro: una semana de desconexión en la que los venezolanos ahorraban la batería de sus celulares para poder reportarse con sus familiares. Ese fue el último gran suceso noticioso que evidenció el colapso de los servicios públicos del país; el tema dejó de ocupar titulares, pero el problema siguió.

Sucede en todas partes: en la calurosa Zulia, donde la caída de la electricidad es una sentencia a vivir en medio del bochorno de uno de los climas más sofocantes del país, también en el estado Mérida y entre la urbe privilegiada de Caracas, donde hay parroquias (barrios) con conexión intermitente.

“Por casualidades de la vida, hoy, antes de esta entrevista, se fue la luz”. Daniel habla desde el oeste de Caracas después de quedarse desconectado por un par de horas. En su casa no hay una planta eléctrica como en otros hogares y, si la tuviesen, tampoco sería una solución porque esas máquinas requieren combustible para funcionar y la gasolina escasea.

En Venezuela el 90 % de los hogares, en teoría, están conectados, pero en la práctica solo el 20 % de esas viviendas que están ancladas a la red reciben el suministro sin interrupciones. Hay un régimen de racionamiento por ciudades que se mueve entre lapsos de seis a 20 horas, a veces los cortes son programados, pero son más las ocasiones en las que el suministro se va sin previo aviso.

Un servicio está conectado al otro: Caracas necesita electricidad para bombear el agua, entonces, si falla el suministro de la luz, puede verse afectado el funcionamiento del acueducto. Para evitar un contratiempo hay que estar preparados y la familia de Daniel ajustó sus horarios a los cortes para tener una mediana certeza de que tendrán servicios públicos.

Operan así: si saben que el agua regresará a las seis de la tarde, él y sus padres se turnan para salir del trabajo a las 5:30 p.m.. Así, alcanzan a arribar a casa para llenar recipientes con el líquido: diez botellas de dos litros, cuatro bidones de cuatro litros cada uno y otros potes de 1,50 metros de altura. Esa dinámica lleva tres años.

¿Y si se va la energía?

“Al no tener un horario fijo es complicado porque no te puedes organizar”, afirma Verónica Barboza desde Zulia. La energía se va todos los días, de tres a cinco horas, pero también hay bajones en el suministro tres, cuatro y hasta cinco veces al día. Como los alimentos se dañan más rápido, en su casa cambiaron la canasta del mercado.

No se puede comprar mucho pollo o carne porque, si falla el suministro, la nevera no funciona, la comida se daña y se pierde ese dinero. Desde 2019 dejaron de mercar los alimentos del mes para hacer compras cada tres días de productos que se almacenan entre bloques de hielo en el congelador, por si se va la corriente.

Tienen un aire acondicionado que, a pesar del calor, no permanece encendido porque puede averiarse con los bajones de energía. Esa lección la aprendieron con la experiencia cuando otros tres se estropearon por cuenta de los apagones. “Tienes los electrodomésticos y no los usas por miedo. Es un gasto muy grande si se averían”, dice.

Zulia tiene fama de ser el estado que más sufre los cortes en Venezuela. Algunos de sus habitantes se acostumbraron a tener plantas en casa, pero no siempre pueden usarlas porque los cerca de 30 litros de combustible que se requieren para poner a funcionar esas máquinas valen entre 50 y 60 dólares en el mercado negro, un precio imposible de pagar para los hogares que viven con un salario mínimo de 3,5 dólares.

En medio del caos en los servicios públicos de Zulia, un joven relató que en su vivienda no se va la energía porque sabe que en su barrio vive un dirigente del chavismo: la conexión y el derecho humano al agua terminaron convirtiéndose en un instrumento político.

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